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¿Nación o Imperio?

Durante la presentación de los actos institucionales programados con motivo de la Diada de Cataluña, llamada por muchos “nacional”, el portavoz del Gobierno de la Generalitat justificó el cambio de programa en la necesidad de lanzar una “mirada romántica” a los hechos del 11 de septiembre de 1714. Homs resaltó, con su peculiar vena romántica, que en el Fossar de les Moreres “no se entierra ningún traidor”, evocando el sacrificio de quienes murieron como héroes de la Patria en defensa de la libertad.La misma libertad que invoca Artur Mas para justificar su vigente desafío y de la que nos ha advertido, al empresariado catalán y al conjunto de los españoles, que tiene un coste.

Históricamente los nacionalismos se han revestido de romanticismo y se han basado en una tergiversación profunda de la realidad histórica. En modo alguno es mi intención abrir aquí un debate historicista sobre los que significó la Guerra de Sucesión y sobre el hecho de que en esa guerra incluso los catalanes estaban divididos en dos bandos enfrentados. En cualquier caso, las miradas al pasado invocando supuestas libertades que no disfrutaban más que determinados estamentos y que le estaban negadas de plano al pueblo llano no son en absoluto románticas. Son retrógradas y, sobre todo, reaccionarias. Porque el nacionalismo, a la postre, no es más que eso: reacción.

Desde la recuperación de la democracia se ha producido, de forma paulatina y constante, un proceso de construcción nacional basado en la supuesta identidad cultural diferenciada del conjunto de los catalanes respecto del resto de los españoles. En este proceso ha sido clave la determinación y la estrategia política impulsada por Jordi Pujol desde su llegada al poder hace más de 30 años. Quien precise más detalle puede encontrarlo en las hemerotecas.

Bajo el amparo constitucional y estatutario y con la colaboración inane de los sucesivos Gobiernos de España, Jordi Pujol fue moldeando el sentimiento nacionalista en buena parte de la sociedad catalana. Un sentimiento basado en valores culturales que se han presentado, sistemáticamente, como distintos y distantes de los que se encarnan en la cultura española. Con esa base, con la ayuda de sus correligionarios y la connivencia por acción u omisión de las cúpulas políticas españolas, Pujol construyó una nación identitaria, distinta a la nación de ciudadanos libres e iguales que propugna nuestra Constitución.

En esas largas tres décadas de predominio nacionalista en Cataluña ha ido calando en el imaginario colectivo esa supuesta preeminencia de la nación identitariasobre la nación soberana de base constitucional, la de ciudadanos que propugna como valores superiores la libertad, la igualdad, la justicia y la pluralidad política. Una nación democrática en la que afortunadamente están incluidos todos y cada uno de los ciudadanos catalanes, con independencia de su sentimiento y de su credo político.Con el empeño de Pujol y de cuantos le han seguido el juego, desde CiU y desde otras formaciones políticas, incluso las que se encuentran en sus antípodas ideológicas, como el propio PSC,el concepto nación aplicado a Cataluña ha entrado en danza y es admitido por muchos ciudadanos catalanes.

En todo este tiempo ha habido indicios, que en los últimos años se han convertido en noticias más que verosímiles, que ponían a Pujol y a su familia en el foco de la opinión pública, de los tribunales y de la administración tributaria como presuntos defraudadores. Tras la confesión del patriarca Pujol el pasado 25 de julio, en la que tuvo a bien informarnos de que había defraudado a Hacienda y evadido el capital derivado de una supuesta herencia paterna, a muchos se les ha caído, cuando menos en parte, la venda de los ojos.

El padre de la nación identitaria, el principal impulsor del concepto nación aplicado a Cataluña, el verdadero padre de la Patria, a lo largo de su dilatada carrera política ha hecho algo más que construir una nación. De las informaciones que vamos conociendo se puede concluir que en realidad ha construido un imperio. Un imperio familiar de carácter económico con las bases fundamentalesde cualquier régimen que se precie: el clientelismo, el nepotismo y la corrupción.

Matías Alonso

(Publicado en La Voz Libre el 16-09-2014)

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