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¡Es tiempo de construir!

La Historia de España, como la de otras naciones de la vieja Europa, está llena de claroscuros. En los albores de la era moderna se conformó la actual España como una de las potencias europeas, un reino en el que “no se ponía el Sol”. Una España primigenia que incluía a Cataluña, su territorio y sus gentes, desde finales del siglo XV.

Los privilegios estamentales y los fueros de los que gozaban algunos catalanes y otros españoles se han visto superados y actualizados por la aparición y paulatina consolidación de un concepto revolucionario: la soberanía popular. Dos siglos después de la primera Constitución Española algunos catalanes aspiran a “recuperar” las míticas libertades del Antiguo Régimen.

Tras atravesar el túnel de la dictadura franquista los españoles fuimos capaces de iniciar el camino de la reconciliación y recuperamos nuestra soberanía, constituyéndonos en un estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político.

Tres décadas y media después esos valores están consolidados, aunque sea de forma imperfecta. Clamar hoy, como hacen algunos, por la libertad perdida hace 300 años va más allá de la mirada romántica al pasado y tiene un sesgo reaccionario. El clamor por la independencia como sinónimo de libertad, basado en el mito de la supuesta guerra de Cataluña contra (el resto de) España que acabó, para los catalanes de la época, en 1714, nada tiene que ver con la realidad histórica ni, por supuesto, con la realidad social y política de la España actual.

Podemos defender, sin temor a equivocarnos, que nuestra democracia es imperfecta. El gobierno en los distintos niveles de las administraciones públicas es, como poco, manifiestamente mejorable. La España autonómica, sin embargo, ha permitido unos niveles de descentralización gubernativa envidiables en naciones de nuestro entorno con mayor tradición democrática. Unos niveles de autogobierno que, durante tres largas décadas, algunas élites han utilizado para perfilar, también en Cataluña, un régimen basado en el clientelismo, en ocasiones el nepotismo y casi siempre la corrupción. Aunque nos enteremos por la prensa, esa es nuestra realidad.

Un régimen que, pese a su innegable imperfección, nos ha permitido alcanzar cotas de libertad, riqueza, bienestar y paz desconocidas en la España de anteriores épocas. Y esto ha sido así de forma especialmente notable en Cataluña, una de las autonomías más pujantes pese al supuesto expolio crónico que el separatismo proclama. Hoy sabemos que quien nos expoliaba tenía carnet de “buen catalán”.

No queremos ni necesitamos una Cataluña dividida ni una España rota. Para relanzar el proyecto común construido, a trompicones, durante más de 500 años hay que regenerar nuestro sistema político desde la lealtad, el respeto, la concordia y el convencimiento de que la legitimidad democrática no la otorga el voluntarismo ni el sentimiento separatista sino el compromiso de los ciudadanos y de los gobiernos en la defensa de los derechos y la libertad de todos que garantiza la Ley, nuestro vigente estado de Derecho.

¡Es tiempo de construir!

Matías Alonso

(Publicada en Huffington Post 11-09-2014)

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