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Dolor ajeno

Hace unos pocos días,  el 31 de julio, alrededor de un centenar de barceloneses nos congregamos al pie del monumento a las Víctimas del Terrorismo, en la confluencia de la Meridiana con Río de Janeiro, en el distrito de Sant Andreu de la capital catalana. Una vez más estábamos dando apoyo -leve apoyo para una metrópoli como Barcelona- a las víctimas habitualmente silentes. Unos meses antes, el 23 de septiembre de 2008, al pie del mismo monumento, estuve conversando con una víctima, hija de un militar asesinado por ETA en enero de 1992. Con la impotencia labrada por más de tres lustros, desde la desazón de quien reconoce la inutilidad de las muertes, me dijo: “Cuando mataron a mi padre todo el mundo me decía que podía estar segura de que su muerte no había sido en vano”.

En esta ocasión, tras el vil asesinato de los guardias civiles Diego Salvá y Carlos Sáenz de Tejada, tuve la ocasión de hablar con otro guardia civil, también víctima del terrorismo, que había tenido a su cargo la lectura emocionada del manifiesto de condena redactado por la Asociación Catalana de Víctimas de Organizaciones Terroristas (ACVOT). Me hablaba también desde la impotencia, pero con la seguridad de conocer el camino: “Hay que hablar menos y actuar más”.

Es cierto. Se sigue hablando demasiado de los terroristas y de su entorno. Los medios de comunicación, sí. Pero sobre todo los políticos, empezando por los que tienen encomendada la responsabilidad de acabar con esta insoportable lacra. En ocasiones para afirmar por enésima vez que la banda está en las últimas. Otras para reconocer que, pese a todo, tiene capacidad de matar. Mi interlocutor lo tiene más claro: “No hay que hablar de la banda, porque se alimenta de la propaganda que se le hace gratis por parte de los responsables políticos y los medios de comunicación”. Y creo que tiene razón.

Para mayor desgracia, tras cinco largas décadas y tres intentos vanos hay quien sigue empeñado en poner sobre la mesa el diálogo como única vía para acabar con la lacra terrorista en la comunidad autónoma vasca. Las últimas afirmaciones de Josu Erkoreka, portavoz del PNV en el Congreso de los Diputados, reafirmando la necesidad de un final dialogado para la violencia etarra, son un ejemplo más de la ambigüedad calculada de los responsables políticos.

Mientras se sigue hablando de la fuerza del Estado de Derecho, de que los terroristas tendrán que afrontar todo el peso de la Ley, la realidad es que ETA sigue presente en muchos ayuntamientos vascos, nutriendo sus arsenales a cargo del contribuyente, con total impunidad, sin que quienes tienen la responsabilidad y el deber de actuar con firmeza muevan un solo dedo para cortar el suministro.

La soledad de las víctimas se perpetúa porque para la mayoría, a pesar de todo, el dolor es ajeno. Ya lo escribí el 23 de septiembre de 2008, tras la conversación con la resignada huérfana que había leído el manifiesto de condena tras el asesinato del brigada de Artillería Luis Conde: “Ella sabe que a su padre ya le han olvidado, al tiempo que comprueba, muerte tras muerte, que la sociedad se muestra indiferente al dolor ajeno y que la clase política no está dispuesta a poner remedio, de una vez por todas, a esta terrible lacra que a todos nos amenaza”.

Matías Alonso

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