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Del espejismo a la escalada

La defensa de la democracia real, la que no busca la mera legitimidad aritmética coyuntural, pasa necesariamente por la firme defensa del estado de derecho

Pese al fracaso electoral del 25N, el núcleo duro de CDC sigue espoleando a Artur Mas hacia la fractura social en Cataluña y la ruptura unilateral con el resto de España. Llevamos seis meses de Legislatura y el Govern, bajo la tutela estricta de Oriol Junqueras en el seno del pacto para la división, fuerza la máquina en romper la convivencia y plantear un escenario irreversible de secesión mientras rehúye cualquier debate o propuesta que tenga por objeto combatir la crisis económica, reducir sustancialmente las cifras de paro o paliar la precariedad de muchos ciudadanos que parecen condenados a vivir en la marginación social.

La aventura marinera que nos propone Mas la planteó inicialmente en sede parlamentaria el 20 de diciembre de 2010, en el discurso de investidura previo a su elección como President de la Generalitat de la IX Legislatura. Tras la manifestación del 10 de julio contra la sentencia del TC que ajustó el Estatut de Catalunya al marco del estado de derecho, Artur Mas sintonizó con “la voluntad de un pueblo”. Su análisis del “éxito de convocatoria” de esa manifestación y del resultado electoral del 28N le impulsaron por la senda de la “transición nacional” bajo el eufemismo del “derecho a decidir” como “nación”. El aspirante verbalizaba el peligro en su discurso: “el derecho a decidir aconseja, y de hecho, requiere, que los temas sobre los que se ejerza descansen sobre mayorías amplias cualificadas o reforzadas, con la finalidad de dar a la decisió? tota la legitimidad y la fuerza necesarias. Y también de evitar dividir a la sociedad catalana en dos mitades, con el riesgo de fractura social y nacional que esto comporta”.

Mas conformó gobierno en minoría y lo llevó con comodidad gracias al apoyo de Alicia Sánchez Camacho y su renovado Partit Popular Català. Durante el idilio por las poltronas el timonel marcó el rumbo a Ítaca, destino mitológico acorde a su refinado gusto. Lo hizo en el XVI Congreso de CDC, en marzo de 2011, arengando a su partido en pos de la fractura social y emocional entre catalanes. Pese a todo, el PPC no tuvo reparo en dar sustento al proceso de secesión prestándole diligente la estabilidad parlamentaria necesaria para gobernar.

De poco sirvió el buen rollo. CiU se topó con el espejismo: la lectura que el pinyol de CDC hizo de la movilización del 11 de septiembre de 2012 y de los sondeos del CEO, cuya cocina le auguraba un horizonte electoral tendente a la mayoría, inició el proceso electoral que les ha llevado al fracaso. Lejos de asumirlo, Artur Mas se ha aferrado al timón y sigue dirigiendo la nave hacia el arrecife. Y lo ha hecho por la vía de la escalada: en la deslealtad institucional, en el populismo identitario y separatista, en la fractura social y emocional entre catalanes, aunque pueda ser traumática y tal vez irreversible.

Sigue sin escuchar a quienes insistimos en que la defensa de la democracia real, la que no busca la mera legitimidad aritmética coyuntural, pasa necesariamente por la firme defensa del estado de derecho.

Porque, pese a la escalada, al margen del estado de derecho no hay democracia. Lo contrario es solo un espejismo.

Matías Alonso

(Publicado en Catalunya Press el 06-07-2013)

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