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Bitácora personal con inquietudes ciudadanas

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Hacia una segunda transición

En 1978, tras un largo período de oscurantismo y falta de libertad, España alumbró la vigente Constitución e inició la construcción de un sistema político homologable en nuestro entorno y respetuoso con los principios democráticos reconocidos en el mundo occidental. Los protagonistas de este proceso constituyente provenían del anterior régimen, estaban integrados en partidos políticos de nueva creación o militaban en partidos que habían vivido en la clandestinidad durante décadas. Todos ellos tuvieron altura de miras y fueron capaces de sentar las bases de un amplio acuerdo político que, no sin dificultades, dio a luz la nueva Constitución Española y nos ha permitido disfrutar de un amplio período de desarrollo político y de prosperidad económica.

Sin embargo, lo que en los años 80 del pasado siglo se veía como un ejemplo a seguir por países que habían pasado por situaciones parecidas a la española y como una transición loable por parte de nuestros aliados europeos y americanos, ha ido perdiendo fuelle y nos ha mostrado, paulatinamente, sus flaquezas. A lo largo de los años, especialmente en la última década, se ha ido perdiendo el sentimiento de unidad nacional que propugna nuestro texto constitucional y se ha venido alentando posicionamientos e iniciativas contrarias a la solidaridad entre las CCAA e incluso separatistas desde las propias instituciones de gobierno de algunas de ellas.

En Cataluña estos días estamos asistiendo a una retahíla en la que representantes de todos los niveles de los partidos políticos del bloque nacionalseparatista catalán, con o sin responsabilidades de gobierno, de responsables de la sociedad civil oficialmente reconocida – y especialmente subvencionada– y de miembros del gobierno de la Generalidad claman por el éxito de convocatoria de la manifestación promovida para el próximo 11 de septiembre por la Asamblea Nacional Catalana y llaman a rebato a sus correligionarios para conseguir una masiva presencia en la capital de la región-naciónsoñada como metrópoli de un imperio que no lo fue ni en la plenitud expansionista de la Corona de Aragón durante el siglo XIV.

No es un tema nuevo o que pueda cogernos por sorpresa. El nacionalseparatismo ha venido trabajando pacientemente en la creación del escenario de ruptura de la nación constitucional manteniendo con denuedo la reivindicación y el victimismo permanentes, forzando y tergiversando la Historia sin el menor rubor. Y en esta puesta en escena han colaborado, en demasiadas ocasiones entusiásticamente, los representantes de los dos partidos políticos que deberían contraponer la idea de unidad nacional a la ola separatista con vocación de tsunami. Hoy por hoy, Ciudadanos es el único partido político que en Cataluña defiende sin ambages y en cualquier ocasión la idea de unidad y los valores de ciudadanía que consagra nuestra Constitución.

Tal vez sea porque Ciudadanos nace de un movimiento cívico causado por la orfandad de muchos conciudadanos ante la nula defensa que de los valores constitucionales han venido haciendo, durante demasiado tiempo, las filiales catalanas de los dos partidos mayoritarios en España. Esta constatación ha sido una de las principales causas de nuestro nacimiento como partido político. Lamentablemente seguimos asistiendo, con desazón, a la prelación de los intereses partidistas sobre la defensa de los derechos y las libertades consagrados por nuestro vigente texto constitucional. La partitocracia dominante, encarnada principalmente, pero no solo, en PP, PSOE, IU, CiU y PNV, sigue anteponiendo sus intereses partidistas a las necesidades reales del conjunto de los españoles. Tanto la derecha popular como las izquierdas socialista y comunista no dudan en apoyar, siquiera sea por omisión, las tesis separatistas de los dos principales partidos de la derecha nacionalista, aun a costa de poner en peligro la unidad nacional y los valores constitucionales, utilizando sin pudor como moneda de cambio a los ciudadanos que pensamos que la defensa de esa unidad y de esos valores es precisamente la garantía de una convivencia democrática en el marco del Estado de Derecho que hemos construido entre todos.

Estamos inmersos en una grave crisis económica que exige unidad, solidaridad, lealtad, austeridad, reformas administrativas y buen gobierno a todos los niveles, rompiendo de una vez por todas con los enfrentamientos estériles, el cainismo y el yugo de la corrupción. Hay que remangarse y promover los cambios necesarios. El Gobierno de la nación tiene la obligación de liderar y llevar a buen puerto este proceso.

Pero si no está dispuesto a hacerlo, los que creemos en la necesidad de esa unidad y de fortalecer y practicar los valores constitucionales hemos de sumar fuerzas y ponernos en movimiento, para forzar el cambio necesario e iniciar una segunda transición que revitalice y consolide los valores constitucionales y la unidad de España.

En Cataluña hay quien cree que el cambio necesario es un regreso al pasado, una vuelta a la defensa de los valores del Antiguo Régimen que quedaron malparados el 11 de septiembre de 1714. Aunque lo quieran vestir con la seda de la independencia. Yo creo que si hemos de mirar al XVIII hay mejores fechas para hacerlo. Una de ellas, el 12 de junio de 1776, cuando se promulgó la Declaración de Derechos de Virginia; en mi opinión mucho más convenientes para el buen gobierno que el viaje a Ítaca, naufragio incluido, al que nos invita mal que nos pese el Molt Honorable President de la Generalidad de Cataluña.

Puestos a defender algo, defendamos los valores fundamentales de la democracia.

Matías Alonso

Publicado en La Voz de Barcelona el 28 de agosto de 2012

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