Cortinas de humo
Pese al anuncio de Mario Draghi comprometiéndose a que el Banco Central Europeo hará todo lo necesario para preservar el euro, aunque la prima de riesgo se sitúe por debajo de los insoportables 600 puntos básicos, la realidad sigue siendo dramática: España continua al borde del rescate y varias de sus Comunidades Autónomas, entre ellas Cataluña, se ven obligadas a solicitar el rescate del Gobierno español.
Llevamos años expectantes alrededor de la piñata, esperando que los responsables políticos de los diferentes niveles administrativos de Europa y del conjunto de España acierten de una vez por todas y el deseado fruto de su acción caiga sobre todos nosotros y nuestras maltrechas economías y podamos superar, por fin, una gravísima crisis que tiene a uno de cada cuatro españoles en edad de trabajar sin empleo y sin perspectivas de tenerlo. De momento, palos de ciego y chichones.
La crisis de deuda sigue su camino y amenaza con hipotecar el futuro de varias generaciones y con retrotraernos a niveles de riqueza -pobreza- que parecían superados para siempre. La deuda privada era hasta hace pocos meses el principal riesgo para la economía española, pero es ahora la deuda acumulada por las instituciones públicas la que más debe preocuparnos, al ponerse en riesgo la prestación de servicios esenciales que conforman nuestro estado de bienestar.
Los años -décadas- de bonanza han llevado a buena parte de los máximos responsables de la gestión pública y de los diferentes niveles de gobierno del Estado a sobredimensionar las estructuras de sus administraciones, generándose un conglomerado institucional realmente hipertrófico. También en esto, Cataluña se lleva la palma al disponer de hasta cinco niveles administrativos en el marco del Estado español. En esta hipertrofia estructural se solapan, duplican y triplican algunas competencias y, lo que es peor, legislatura tras legislatura se van acumulando cargos de designación política cuya principal finalidad es la retribución de los servicios prestados a sus respectivos partidos. Por si esto fuera poco, la Comunidad Autónoma catalana mantiene una megaestructura de información y propaganda, construida a costa de todos para mayor gloria del régimen, cuyo principal objetivo es potenciar el sentimiento nacionalista en la población catalana -la construcción nacional- y cuya relación coste/rentabilidad es en estos tiempos, cuando menos, inasumible.
La realidad es tozuda y los ciudadanos catalanes han podido comprobar, tanto por la incapacidad manifiesta de reconducir las cuentas públicas como por la acción inexorable de los jueces y tribunales y la consiguiente repercusión en prensa, que aquéllos en los que durante décadas han venido depositando su confianza ni son buenos gestores ni, en algunos casos, son dignos de representarles.
Sin embargo, desde el Gobierno de la Generalidad, con el apoyo explícito de los partidos del bloque nacionalista -CiU, ICV-EUiA, ERC- y con la connivencia en mayor o menor grado de las sucursales catalanas de los dos grandes partidos nacionales -PSC y PPC-, se está forzando la máquina separatista y ahondando en el sentimiento de rechazo mutuo con el conjunto de España. El nuevo buque insignia de esta travesía a Ítaca, el pacto fiscal -en la línea del concierto vasco, federal o singular, según convenga al palmero de turno- que está llamado a convertirse en la cortina de humo que tape todas las carencias -y las vergüenzas- del gobierno de Artur Mas.
No nos queda más que abrir bien los ojos y ponernos la mascarilla.
Matías Alonso
Publicado en La Voz de Barcelona el 1 de agosto de 2012