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Ha llegado nuestro tiempo

España acaba de celebrar, aunque sea con sordina, el XXXVI aniversario de la aprobación en referéndum del pilar de nuestro sistema democrático: la Constitución de 1978. Un texto nacido del consenso político en cuya elaboración participaron, con lealtad al pueblo español de nuevo soberano, los que habían sido hasta entonces enemigos irreconciliables. Gracias a la recuperación de un ordenamiento democrático hemos disfrutado de un período único en nuestra dilatada historia en cuanto a paz, libertad, prosperidad, justicia, igualdad, solidaridad y pluralismo. Un período que nació gracias a un proceso rápido de transición desde una larga dictadura tras una cruenta guerra civil. Una Transición, con mayúsculas, que ha servido de modelo para otros procesos de recuperación de la democracia y la libertad y que ha sido vista con respeto y admiración por las principales naciones democráticas del mundo.

La base juridicopolítica de convivencia y desarrollo democrático es firme en España. Nuestro ordenamiento democrático resiste con nota la comparación con los que disfrutan las principales naciones de nuestro entorno. Pero una buena partitura no es siempre suficiente. Es importante la orquesta pero, sobre todo, es importante la capacidad y el temple del director.Y en los últimos años, muy especialmente desde que se abrió el proceso de reformas estatutarias, con el Estatuto de Cataluña al frente, España desafina sin que los sucesivos directores hayan sido capaces de recuperar la necesaria armonía. Es difícil afinar si los primeros instrumentistas de cada una de las secciones orquestales están empeñados en cambiar la clave, si no son fieles a la partitura y se empeñan en ser desleales a quienquiera que sea el director.

Y es en esa deslealtad crónica desde las principales administraciones autonómicas en la que reside la causa principal de que España desafine. Una buena partitura no es suficiente para conseguir, sin la colaboración y la maestría de los mejores instrumentistas, que España suene bien, tan bien como queremos y necesitamos todos los españoles. Los elementos discordantes nos han llevado a una situación de bloqueo en la que todos podemos ver que España no funciona. Un mal funcionamiento ajeno a la partitura, al ordenamiento democrático. Una avería seria que está causada por la deslealtad institucional y por la persistente lacra de la corrupción que ha penetrado en todos los niveles políticos. Ante esta situación los viejos partidos han dejado ver que están anclados en el inmovilismo, que priorizan blindar su posición dominante a afinar la orquesta y que no disponen de un director capacitado.

Esta incapacidad de dirección solvente ha permitido que ganen fuerza los principales enemigos de la democracia, el populismo separatista antidemocrático y el no menos reaccionario populismo de las soluciones a cuarto. Ambos, con el silencio o la complicidad asertiva de los viejos partidos, apuntan contra la partitura. Señalan a nuestro texto constitucional como presunto culpable de las malfunciones que su incapacidad para gobernar o su populismo partidista han generado a lo largo del tiempo. Pero la Constitución es inocente. Nada tiene que ver con la incapacidad para gobernar; ni con la deslealtad institucional; ni con las elevadas cifras del paro; ni con la precariedad en el empleo; ni con la corrupción institucionalizada que parece haber calado en todos los niveles de las administraciones públicas; ni con que los partidos hayan fagotizado casi por completo a la sociedad civil; ni con que el desarrollo de la España de las autonomías roce el caos; ni con ninguno de los males para la democracia que se le asignan gratuitamente. Nuestra Constitución, la de un pueblo que supo recuperar su plena soberanía tras una larguísima dictadura, no es culpable más que de habernos permitido alcanzar unas cotas de desarrollo democrático verdaderamente impensables hace poco más de tres décadas. Y le queda mucho juego.

Porque es verdad que España está desafinada, que no funciona lo bien que debería. El sistema se ha anquilosado, en algunos aspectos se ha hipertrofiado, no acaba de funcionar e incluso parece insostenible. Pero hay soluciones. La mayoría no pasan por una reforma, ni siquiera leve, del marco constitucional. Desde Ciudadanos lo venimos defendiendo desde hace años. Hace poco más de un año fue Movimiento Ciudadano quien planteó unas reformas posibles, necesarias y urgentes, en ámbitos concretos como la Ley de Partidos Políticos, la Ley Electoral, la separación efectiva de poderes, la reforma y racionalización de las administraciones públicas y, como piedra angular del cambio necesario, una nueva Ley de Educación fruto del consenso que mire a toda una generación y que no obedezca al interés de legislatura de una sigla política concreta. Esta oferta se presentó en Madrid, en el Teatro Goya Multiespacio, a orillas del Manzanares, el 26 de octubre de 2013, en lo que vino en llamarse “La Conjura del Goya”.

Ahora, tras comprobar que todo sigue y seguirá igual por lo que respecta a los viejos partidos y constatar el riesgo creciente del populismo separatista y del de las soluciones a cuarto, quienes hemos promovido Movimiento Ciudadano tenemos más claro que nunca que ha llegado nuestro tiempo. Somos plenamente conscientes de que los cambios necesarios hay que forzarlos desde las instituciones democráticas, previo paso por las urnas. Y el próximo ciclo electoral, el que se iniciará previsiblemente el próximo 24 de mayo, con las elecciones municipales y autonómicas de 2015, será decisivo para que una nueva mayoría pueda poner en marcha las reformas que planteamos.

Eso será en esencia lo que se planteará este sábado, 13 de diciembre, de nuevo en el Teatro Goya Multiespacio, a las 11:30 de la mañana. Porque este sábado, en Madrid y para toda España, anunciaremos a los cuatro vientos que “Ha llegado nuestro tiempo”.

Matías Alonso

(Publicada en La Voz Libre el 11-12-2014)

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