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Bitácora personal con inquietudes ciudadanas

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La vía muerta

La transición, la tan esperada mutación desde el régimen dictatorial encabezado por Franco tras la Guerra Civil de 1936-1939 a una democracia representativa de corte constitucional y base constituyente, fue una gran obra colectiva liderada por unos pocos y seguida con entusiasmo y esperanza por muchos. El último cuarto del siglo XX, pese a la recalcitrante y sanguinaria oposición protagonizada por diversas organizaciones terroristas, vinculadas unas a la extrema derecha y otras al separatismo y a la extrema izquierda, y al intento de golpe de estado que sufrimos en febrero de 1981, nos permitió avanzar en la organización de un estado descentralizado, democrático, social y de derecho.

La España de las autonomías, con Cataluña y País Vasco tirando del carro en lo político y en buena medida en lo económico, se abrió paso legislatura tras legislatura y nos permitió, en poco más de tres décadas, alcanzar unas cotas de desarrollo económico y social que todos anhelábamos pero que en el lejano 1977 en que se inició el proceso costaba imaginar. Era tal la diferencia de desarrollo socioeconómico con las democracias de nuestro entorno que esa metamorfosis resultaba utópica.
Sin embargo se produjo y nos ganamos por derecho propio el acceso a la Unión Europea, a esa anhelada Europa a la que poco tiempo antes mirábamos con envidia sana, tras la larga noche de la dictadura franquista. España renacía como una nación moderna con gran potencial de desarrollo y, en pocos años, nos convertíamos en la quinta potencia económica del continente.

La Unión Europea en la que nos integramos no es perfecta, pero podemos y debemos mejorarla entre todos los ciudadanos europeos. Tenemos que perfeccionarla consiguiendo una mayor coordinación política y una cesión de soberanía desde las naciones integradas hacia la propia UE, que conformen unos auténticos Estados Unidos de Europa, en que los ciudadanos elijamos no sólo al Parlamento Europeo sino también al presidente, investido de nuevos poderes para liderar una Comisión Europea convertida en un verdadero gobierno de Europa. Todo se andará. Pero hemos de ser conscientes de que hoy esta futura Unión Europea tiene dos enemigos declarados: el euroescepticismo populista y el no menos populista separatismo nacionalista.

En los últimos meses y especialmente desde que el actual presidente de la Generalitat de Cataluña decidió acaudillar su anunciada «transición nacional», en la comunidad autónoma de Cataluña sufrimos a un núcleo dirigente empeñado en nadar contra corriente y en convertirse en el paradigma del nacionalpopulismo separatista. Cuando la cesión de soberanía tiene un claro sentido ascendente, desde los Estados miembros hacia la Unión, Artur Mas y sus secuaces se empeñan en reclamar una corriente inversa, una cesión de soberanía para separar, para fragmentar, para romper.

Entre la retahíla de argumentos insostenibles que pretenden sustentar el desvarío separatista de Mas, Junqueras y su cohorte de prosélitos defensores de un supuesto derecho de autodeterminación en una Cataluña que es parte consustancial de un estado democrático miembro de la Unión Europea, se abre paso el de que todo el esfuerzo del separatismo para lograr la secesión “no puede quedar en vía muerta”, por lo que si el Gobierno de España no cede será inevitable el «choque de trenes», velada amenaza que no sabemos bien qué esconde.

Un desvarío que se presta a la metáfora ferroviaria, con todos los ciudadanos de Cataluña a bordo de un tren sin control en el que el maquinista mantiene la presión de una caldera a la que el fogonero está dispuesto a arrojar toda una semana de colapso de la economía de la comunidad autónoma. Conductor y fogonero están dispuestos a entrar en la historia –sin duda, con minúsculas– aunque descalabren al pasaje, con tal de conseguir el “bien superior” que para ellos sería la anhelada independencia, al margen de la Unión Europea. Pero afortunadamente el convoy sin frenos circula por una red ferroviaria ordenada que dispone de mecanismos de control y prevención de la catástrofe, que antes de que se produzca una colisión o un descarrilamiento dentro de la vía principal lo desviarán a vía muerta.

Así que por más que Mas se empeñe el destino de su convoy a ninguna parte no será una colisión en la que, como poco, todos los ciudadanos españoles saldríamos malparados, sino la vía muerta. Una vez allí todo dependerá de la voluntad del conductor y de su capacidad de controlar al fogonero. De mantener la presión máxima en la caldera sin tirar del freno la única colisión posible sería contra el muro de contención al final de la vía muerta. En ese caso, podemos estar seguros, el daño lo sufrirá el pasaje. Todos y cada uno de los ciudadanos de Cataluña, hayamos o no embarcado voluntariamente.

Matías Alonso

(Publicado en Girona Notícies 06-02-2014)

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