La división de poderes
Cada vez está más claro que, hoy por hoy, la división de poderes es más ficticia que real. Nuestro presidente de gobierno aboga por la independencia de los jueces, y hay que darle la razón, pero sin reírle la gracia. Esta independencia judicial es la misma que su ministro de justicia (y el nuestro) ataca, al cuestionar las decisiones colegiadas (es un decir) del CGPJ.
La realidad aparente es que los tres poderes tienen poco de independientes. El legislativo tiene poco control sobre el ejecutivo, e incluso se ha llegado a juramentar para impedir que el principal grupo de la oposición (por utilizar un lenguaje no beligerante) realice su labor de control siguiendo sus propios criterios de necesidad y oportunidad política. El judicial, pese a los buenos deseos de nuestro presidente, está sometido al juego de las mayorías, y muchos de los acontecimientos que se producen en el ámbito jurídicoparecen estardirectamente relacionados con la afinidad política de sus protagonistas.
Hay que pedir a nuestros gobernantes que no pierdan de vista su misión, que no es otra que el ejercicio estricto del poder para el que se les elige. Hay que exigirles que desistan de su pretensión, cada vez menos aparente, de ocupar todos los espacios de poder sobrepasando el mandato recibido. La verdadera democracia no admite la ocupación de espacios de poder para los que no se está legitimado, y está reñida con el sectarismo y la demagogia.
Hay que pedir a la oposición parlamentaria que ejerza su labor de control dentro de los límites fijados por las leyes y reglamentos, y que huya también de posiciones sectarias y demagógicas. Los ciudadanos merecemos tanto un gobierno que no nos mienta (y que no se extralimite en sus funciones) como una oposición que sea leal y ecuánime en el ejercicio de sus funciones. Merecemos también un poder judicial independiente y, por supuesto, justo, que se limite a la aplicación e interpretación de las leyes, sin ingerencias de ni en la política.
Lo del cuarto poder ya es otra cosa, y hoy me da pereza comentarlo.
Matías Alonso