Cantos de sirena
Cuando Artur Mas decidió embarcarse –y embarcarnos– en la travesía hacia una Ítaca supuestamente feliz iniciamos un proceso que, tiempo al tiempo, difícilmente acabará bien. No es solo que el órdago separatista impulsado por el núcleo duro de CDC con su presidente a la cabeza tenga difícil encaje en una sociedad hasta no hace mucho plural y tolerante como la catalana. El escenario de fractura y de choque de trenes que se plantea desde el gobierno de la Generalitat no deja de ser una propuesta frentista, que hace meses está generando una escalada de conflictos identitarios en ámbitos laborales, sociales y familiares.
Todo el entramado se basa en dos pilares fundamentales: la pertenencia a España empobrece a Cataluña (España nos roba) y hay una abrumadora mayoría de ciudadanos catalanes que quieren poder decidir su futuro como “nación”. A estas bases “ideológicas” se suma la utilización continua y nada inocente de todos los medios a disposición del gobierno autonómico, incluyendo en ello a instituciones, entidades de la llamada “sociedad civil” y, muy especialmente, medios de comunicación públicos y concertados. En honor a la verdad, hay que reconocer que no ha sido el gobierno de Mas el primero en utilizar estas malas artes. Sin remontarnos a épocas demasiado pretéritas e incluso foráneas, su antecesor en el cargo a lomos del segundo tripartito de la IX Legislatura, José Montilla, le marcó el camino, especialmente con el lamentable episodio del “editorial conjunto” –o sea, único y oficial– de carácter preventivo con el que nos deleitó el 26 de noviembre de 2009.
Se está siguiendo fielmente una hoja de ruta con un objetivo claro marcado: conseguir lo antes posible la ruptura con el resto de España, cueste lo que cueste. “Peti qui peti”, en palabras del propio Mas. Y para hacer verosímil y, sobre todo, deseable ese objetivo, se ha procedido al montaje de una sofisticada tramoya capaz de distraer al personal y de decantar voluntades. Este enredo incluye la sesuda aportación de un cúmulo de organismos y entidades creados para la ocasión y que reciben el beneplácito y el apoyo entusiasta de los principales voceros del régimen.
Cualquier elemento capaz de distorsionar el mensaje debe silenciarse, o cuando menos enmascararse. Sirva de ejemplo el reflejo de la opinión ciudadana ofrecido por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) en comparación con el Centre d’Estudis d’Opinió (CEO). En ambos casos hay una coincidencia significativa en cuanto a qué problemas preocupan al conjunto de los españoles y, por tanto, también a los catalanes. En el resultado de las encuestas figura, en lugar destacado, la corrupción. Sin embargo, mientras que en el caso del CIS merece una codificación propia con el consiguiente reflejo explícito en las tablas de frecuencia, en el caso del CEO queda conveniente enmascarada en una benigna “insatisfacción con la política”.
Sin distorsión posible, no queda más que focalizar el mensaje: Dado que “España nos roba” y “los españoles están dispuestos a seguir haciéndolo” la única solución para el bienestar de los catalanes es que Cataluña se separe de España, que rompa sus amarras y que se autogestione como un estado propio. A partir de esta premisa sofística todo viene rodado: Cataluña será como Dinamarca (cuando menos); las pensiones serán mucho más altas; toda la comunidad internacional nos recibirá con los brazos abiertos y el nuevo estado catalán será parte integrante de la Unión Europea; si no es así, no pasa nada, porque para eso somos catalanes y por lo tanto más que autosuficientes para andar solos nuestro camino, como por cierto hemos hecho siempre; etc., etc., etc.
Sin duda, cantos de sirena. Pero Artur Mas se (nos) ha embarcado con un objetivo claro y un rumbo fijo. La proa de la nave apunta, displicente, hacia las sirenas. Las que canturrean mientras toman plácidamente el sol en el arrecife.
Matías Alosno
(Publicado en Diari de Tarragona el 24-08-2013)