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La permisividad de la autoridad (in) competente

Curiosa la realidad española. Los dos principales partidos políticos, el PSOE y el PP, los que realmente se reparten los mejores trozos del pastel, están a la greña por el control del Tribunal Constitucional, se entiende que en su beneficio dado el alto interés que ponen en el asunto. Estos dos partidos son los mismos que, sucesivamente, cuando han tenido la responsabilidad desde el Gobierno (de España) no han movido un solo dedo en defensa del interés de los ciudadanos (siempre de a pie), omitiendo el control sobre dos entidades como Fórum Filatélico y Afinsa, dejándolo, según afirma ahora Manuel Conthe, en “la autoridad (de consumo) de las comunidades autónomas” que “está pensada para vigilar los cochecitos de los niños o los enchufes, pero no operaciones con pacto de recompra”. El ex presidente de la CNMV afirma rotundo: “Eso es algo que no ocurre en ningún país sensato”. ¿Quién ha dicho que el nuestro lo sea? Yo no pondría la mano en el fuego.

Estos últimos días se ha dado gran eco mediático a las agresiones gratuitas, sobre todo a la patada cobarde recogida por una cámara de vigilancia en un convoy de los Ferrocarriles de la Generalitat de Cataluña en las inmediaciones de Barcelona. Hemos conocido también la muerte de un joven, en Valencia, por defender a una mujer de la agresión de su novio y recibir un golpe de este. Ambos agresores están en libertad provisional. Abundando en la cuestión, “los expertos alertan de que el egoísmo y la cobardía se instalan en la sociedad”. El diagnóstico es fácil y tal vez profundamente injusto. Al menos habría que añadirle el factor de indefensión e impunidad, ante la falta de tutela real por parte de los poderes públicos.

Durante años se ha podido pensar que el problema del terrorismo vasco había que buscarlo, principalmente, en la cobardía de la propia sociedad vasca, por mirar hacia otro lado. Sin embargo, durante el último año y medio al menos, viendo la tibieza con que se ha reprimido a los terroristas y adivinando la posibilidad de que a la postre todo quede en nada, no deja de tener sentido que muchos ciudadanos se sientan impulsados a seguir mirando hacia otro lado.

Puede que realmente la sociedad esté enferma. Pero también cabría preguntarse si está en manos de quien pueda sanarla.

Matías Alonso

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