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El momentín interminable

El pasado sábado 10 de noviembre el presidente José Luis Rodríguez Zapatero, durante el acto de clausura de la XVII Cumbre Iberoamericana, en Santiago de Chile, hizo uso de la palabra para reprender al presidente venezolano Hugo Chávez por sus reiteradas injurias al ex presidente español José María Aznar a lo largo del desarrollo de la cumbre. Parece hasta normal, pero puede que no haya sido más que un error de cálculo de Zapatero en su intento de defender a su antecesor, no ya por interés (“se puede estar en las antípodas de una posición ideológica y no seré yo quien esté cerca de las ideas de Aznar, pero fue elegido por los españoles y exijo ese respeto”), sino por su irrefrenable afán de coger la guitarra cada vez que se presenta la ocasión. Los continuos intentos de Chávez de cortar el discurso de Zapatero provocaron la intervención del Rey Don Juan Carlos, primero con un premonitorio “tú” (índice incluido), al que Zapatero reaccionó con un inmediato “un momentín” dirigido al monarca, y después con un rotundo “¿por qué no te callas?” que sigue siendo celebrado o denostado según los intereses de cada cual.

Un análisis detallado de los acontecimientos da que pensar. Invito a los lectores a que escuchen con detalle lo acontecido, deleitándose con el video adjunto. El intento de Rodríguez Zapatero para calmar a la fiera asumía un alto riesgo, pero el presidente del Gobierno no quiso desperdiciar la ocasión de apuntarse el tanto. El rebote del militón, que debería haber sido previamente desautorizado en su injuriosa exposición por la presidenta Bachelet, era previsible. Ante el primer intento de quite, por parte de Don Juan Carlos, el matador articuló el “un momentín” que más bien era un “¡dejadme solo!”. Pero Chávez no es un toro de lidia cuya bravura no está exenta de nobleza. En lugar de entrar al trapo y sosegar su embestida siguió insultando a Aznar y exigiendo a Zapatero que también le recriminara, con su reiterado “dígale a él”. Probablemente haría saltar a cualquiera… menos a nuestro presidente y a su ministro de Exteriores. Aún hoy, tras intensas jornadas de continuos insultos y amenazas -qué difícil es para un dictador digerir que le callen la boca-, nuestra diplomacia está en la doctrina del silencio: Diplomacia callada para el Siglo XXI.

Nada que objetar. Pero la reacción española no fue bien calculada. Y de Chávez no cabe esperar más que lo que sucedió y sigue sucediendo. Le viene de perlas para distraer la atención sobre su trágala constitucional y sobre la actuación de sus paramilitares en las calles venezolanas. Pero la imprudencia de nuestro presidente con su talante imposible, la indolencia de la presidenta chilena y la sangre latina de nuestro Rey, hartito de milongas, nos ha colocado en una situación diplomática de la que el ministro Moratinos tal vez no nos sepa sacar.

De momento el momentín se está convirtiendo en interminable.

Matías Alonso

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